Zumo de tierra

Zumo de tierra es un intento de escribir una novela juvenil que empecé hace bastantes años (en uno de esos septiembres que tuve libres gracias a ser tan empollón) y que nunca acabé. Tuve la suerte de cansarme de escribir cuando todavía no había pasado nada de importancia, así que no dejé a ningún posible lector con intrigas a medias.

De vez en cuando me gusta releerla y ver cómo pensaba cuando la escribí, porque es más una auto-terapia literaria que algo digno de ser leído. Ahí queda, por si queréis leerla en uno de esos días en los que no tenéis nada que hacer. Cualquier comentario, positivo, negativo o neutro será muy bienvenido 😉

Zumo de Tierra

1.- Ventana

Es alucinante lo fácil que resulta en ocasiones conseguir estar tranquilo contemplando lo más mundano, y lo inalcanzable que se vuelve la calma cuando ponemos todos los medios para lograrla.

Enzo había llegado a este pensamiento después de un buen rato en la ventana, encadenando idea tras idea. Hasta acabar dándose cuenta de que lo único con sentido que sacaba como conclusión es que las dos polillas que trataban de tocar la luz de la farola eran medio idiotas.

Le encantaba relajarse cuando ya era de noche y divagar sobre lo primero que pasara sobre su cabeza.

A todos nos asombraría darnos cuenta de la cantidad de instantes en el día que dedicamos a pensamientos inconexos. Cuando vamos andando solos por la calle, cuando miramos las estaciones pasar en un vagón de tren, cuando esperamos y esperamos a algo o alguien y llega un momento en el que ya no sabemos ni qué esperábamos…

Horas despiertos con los ojos cerrados tomando el Sol, en silencio, pensando, pero sin poder recordar en qué.

Pasamos tiempo imaginando situaciones, conversaciones, recordando. Haciendo literatura sin que nadie lo sepa, ni siquiera nosotros mismos. La mayoría de las veces, esas excursiones a nuestro interior -valga el contrasentido- no conducen a nada, como mucho a una frase igual de sentenciosa que la que empieza el capítulo.

El tinte anaranjado de la luz artificial cubría todo el parque al que se asomaba su ventana. Cualquier cara, por angelical que sea en un principio, toma un aspecto siniestro bajo esa luz. Enzo jugaba con ello y se entretenía imaginando vidas ficticias de la gente que pasaba. Muchas personas decentes se hubiesen escandalizado de las situaciones que imaginaba, con una sonrisa perversa en su rostro. Pero, claro, todo puede atribuirse a la edad.

Durante la adolescencia masculina, el 90% del tiempo se piensa en lo único. El 10% restante es variable: unos estudian, otros juegan al fútbol y otros renuncian a su 10% en favor del 90% anterior. Se puede disimular hasta cierto punto, hablando con los amigos sobre deportes o sobre cualquier cosa que tenga tornillos; pero al final, hasta un tornillo nos parece erótico.

En cuanto al pensamiento femenino en esa época, más de lo mismo. Cada átomo del cuerpo de una chica está orientado a ello. Todas esas horas maquinando estrategias inverosímiles pegadas al teléfono, esos desfiles delante del espejo del armario intentando encontrar un pantalón que combine con el «top», pero sin que me haga el culo gordo…

El ser humano es el único animal que no deja nunca su etapa adolescente, cada vez somos adolescentes más cultos, pero adolescentes. Ello, sumado a que es, también, el único animal que se pasa en celo todo el año, explica rápidamente el problema de superpoblación que arrastra el planeta.

Es un hecho. La gente puede refugiarse en su apariencia mojigata o de empollón, pero todos sabemos que esa gente es la más oscura y lasciva cuando nadie los ve.

– Enzo, ¡que vayas a cenar de una vez! Mamá te va servir la sopa en la bragueta como no vayas pronto.

– Joder, pues avisa.

– ¿Que avise? ¡Si lleva media hora gritando desde la cocina! Venga, pesado.

El grito de Dino le había sacado de su plácida calma de la peor manera. Con el susto, se intentó incorporar y su cabeza chocó contra la esquina de la ventana. Le dieron ganas de meterle el puño hasta la tráquea a su hermano, pero él ya había salido de la habitación, y su furia se convirtió en un mosqueo apático a la hora de sentarse en la mesa.

– ¿Qué? ¿El señorito se piensa que vivo para que él cene caliente? – la madre de Enzo no parecía muy contenta.

– Le he estado llamando yo también, pero como si canto – añadió Dino.

– Tú te callas, lameculos. – ordenó Enzo – Tampoco vamos a montar un drama porque he llegado un minuto tarde a cenar. Por cierto, ¿dónde está papá?

– Hoy me dijo que vendría tarde – respondió la madre de Enzo, con un gesto de conocida resignación.

– Pues a ver si le veo mañana, que tengo que hablar con él – dijo Enzo intrigante.

La televisión gritaba desde una esquina, como reclama atención un recién nacido. El padre de Enzo ya había repetido mil veces que no le gustaba comer con todo ese escándalo, aunque sabía que esa batalla la tenía perdida.

Además, subconscientemente, había llegado a la conclusión de que, con la televisión encendida, las conversaciones trataban sobre problemas lejanos.

A la gente no le gusta pensar, es más, le horroriza. Una ansiedad parecida a la claustrofobia nos invade cuando todo esta en silencio. El silencio impone, y asusta, por eso necesitamos tener la radio, la televisión o incluso la ventana abierta para oír el ruido de la obra que no termina de acabar allá abajo.

No nos tiene que interesar el programa que veamos, o gustar la canción que escuchemos. De hecho, es muy difícil que esto ocurra con una programación que tiene que atraer a todo el mundo, pero no termina de contentar a nadie. Es fascinante la mera posibilidad de poder criticar los pensamientos televisados de otra persona, con total impunidad, y sin que tengamos que ahondar en los propios.

Proporciona un escudo contra el autoanálisis, y, durante esta última temporada, le convenía pasar desapercibido. Su mujer se estaba empezando a cansar de que él alargara invariablemente su horario laboral. «Todo tendrá su explicación, -pensaba él- aunque espero que sea a tiempo».

2.- Hermano

Todas los sentimientos que Enzo creía tener sobre su hermano Dino eran posiblemente falsos. Discutían, sí, y muchas veces por tonterías, pero ello no conseguía engañar a nadie. Dino admiraba a su hermano mayor, y eso a Enzo le agradaba mucho.

Dino era dos años menor que Enzo, aunque a primera vista la diferencia pareciese más exigua: su porte y facciones le dotaban de una madurez y encanto impropios para su edad. Esa aparente madurez, no obstante, se diluía al mantener una conversación con él. Su cuerpo había crecido, pero su mentalidad se forjaba a menor ritmo, por lo que, a veces, sorprendían sus comentarios infantiles.

La fisionomía de cada persona condiciona la idea que tiene la gente de lo que bulle en el interior de su mente. Así, poniendo un ejemplo sencillo pero ilustrativo, un individuo extremadamente grande necesitará demostrar una viveza mental mayor de lo normal para no parecer bruto y torpe. El caso contrario también se da, sobre todo en la infancia y juventud: un niño con un desarrollo intelectual normal, pero cierto retraso en su crecimiento, es fácil que sea visto como alguien espabilado e incluso malicioso.

Todas estos preconceptos pueden acabar siendo asimilados y manifestarse ciertamente. Esto da una vuelta de tuerca más a la situación y aumenta la convicción de los fisonomistas en sus estereotipos.

Así las cosas, Dino era para muchos una persona simple, cuando en realidad lo simple era olvidar que todavía se desperezaba de su pubertad, y fijarse sólo en su apariencia externa.

– ¿A qué hora hemos quedado, Dino?

– A las 10 en la plaza, para variar.

– Original, ¿habéis pillado algo para hoy?

– Yo no, me ha llegado justito para las dos litronas. Pero, tranquilo, que Guido o alguno de estos trae como para pintar un cuadro. O si no, el guay de Luca, aunque sólo sea para tirarse el rollo.

– Que miedo me da pensar como van a acabar.

– ¿Cómo que «van»? Enzo, el otro día no estabas muy entero, precisamente.

– Calla, moco, que nadie ha pedido dos madres.

En todas las familias, los hermanos funcionan entre sí como un pequeño ejército. La veteranía no es que sea un grado, lo es todo. Aún obviando el desnivel de desarrollo físico, un hermano mayor goza de un status que el pequeño nunca podrá alcanzar, aunque ambos se lleven dos años de diferencia y sean octogenarios.

El caso más claro es el de la hermana mayor, que en poco tiempo pierde la hegemonía de la fuerza física, pero sigue gobernando a sus pequeños hermanos como la segunda madre que nadie quiere tener.

Pocos grupos humanos sufren tanto el poder de los clichés, los estereotipos y las relaciones en escalera. Cada quien está autorizado a tratar como le dé la gana a todos sus hermanos menores, o al menos eso cree.

Como consecuencia, el hermano o hermana menor suele salir más gritón que de costumbre, cosa que no hace nada de gracia a sus hermanos mayores y empeora aún más la situación.

Pero no nos alarmemos, cuanto más reducido es el grupo de hermanos, más fácil es el trato. Si llegamos al extremo de ser hijo único, necesitamos a alguien que tampoco tenga ni idea de nada, para poder hablar. Por eso, las familias con sólo dos hermanos suelen funcionar bastante bien. Con tres, la cosa se complica, porque tienes que mandar a la mierda a dos para poder estar tranquilo.

Así pues, Enzo y Dino se llevaban bien, aunque nadie pudiera oírselo decir a ninguno de los dos.

3.- Laboratorio

Como todos los viernes, bajaban a la plaza. Era ya un ritual. Además, la plaza era un sitio estratégico: casi todas las casas del grupo de amigos de Enzo tenían una ventana que daba a la plaza. Lo que aprovechaban para ver si había llegado alguien y para que las madres viesen que allí no pasaba nada. De esto, se extraen dos consecuencias lógicas: todo el mundo llegaba tarde, porque veían que todavía no había nadie; y toda la bebida y demás sustancias había que dejarlas en el garaje de Marco.

El pobre Marco no supo muy bien dónde se metía cuando se le ocurrió contar, entre risas, que su padre había decidido no volver a conducir. Después de una campaña publicitaria sobre seguridad vial bastante salvaje por parte del gobierno, y de un susto grave volviendo de las últimas vacaciones, el padre de Marco dijo, muy serio, que él no estaba ya para andar haciendo el loco por la carretera. Al principio nadie le tomó en serio, de ahí que Marco se riera de ello con sus amigos, pero desde hace dos años y medio el coche sigue parado en el garaje.

No pasaron ni dos semanas y a más de uno ya se le había ocurrido cambiar las lúgubres escaleras donde comenzaban las noches desde hacía tiempo, por el acogedor garaje de Marco. A éste no le hizo demasiada gracia la idea, pero al final acabó convenciéndose. Además, aquel lugar estaba lo suficientemente apartado de la casa de Marco como para que a sus padres no les apeteciera darse una vuelta por allí un viernes de madrugada. La opción se desvanecía por completo cada vez que Marco, casi por casualidad, «perdía» las llaves del garaje entre la vajilla para invitados.

El sitio en sí no era más que una lonja en los bajos de un edificio de talleres, cerrado por una puerta metálica. Era lo bastante grande como para que cupiesen dos coches, pero parte del espacio estaba ocupado por cajas llenas de nostalgia, muebles desvencijados, y una vieja bicicleta.

La mitad de la gente solía apoyarse en el coche, mientras que el resto se sentaba en un banco de madera, que había servido de repisa antes de la transformación del garaje en laboratorio químico. Lo de «laboratorio» se le ocurrió al loco de Guido, que se pasaba la mitad del día pensando en bobadas, algunas ingeniosas, pero siempre bobadas. La razón habría que preguntársela al propio Guido, pero uno podría hacerse a la idea de por dónde iban los tiros viendo la cantidad de mezclas alcohólicas y sesiones de química inorgánica que ha sufrido ese humilde suelo.

– ¿Has quedado con Joanna y las demás, Marco? – preguntó Enzo.

– ¿»Joanna y las demás»?… ¿no querrás decir «Andrea, y las demás me dan igual»?

– Menos coñas… bueno, ¿qué? ¿Van a venir o no?

– Hemos quedado en la puerta del laboratorio, me parece que viene también el hermano de Andrea.

– ¿Leonardo?

– Sí, Leo. Es majillo, aunque borracho es un poco varas.

El grupo de Enzo, Marco y los demás caminaban tranquilamente hacia el laboratorio. Iban repartidos en grupillos de tres o cuatro, de los que a cada paso brotaba una carcajada o un grito. Se conocían todos desde hacía mucho tiempo. En un barrio tan pequeño era difícil que no hubiesen acabado juntos.

Prácticamente todos los fines de semana hacían lo mismo. Eso no debería extrañar a casi nadie, porque en cuestión de salir por la noche somos bastante predecibles. Fijándonos un poco, nos damos cuenta de que nos gusta tener cierta rutina incluso a la hora de divertirnos. Elegimos algunos sitios y, fin de semana tras fin de semana, los hacemos nuestros aún a sabiendas de que no son los mejores. Nos da igual, no serán los mejores, pero nos encanta que el camarero del bar de siempre nos llame por el nombre, o que conozcamos, aunque sólo sean las caras, a todos los que llenan un local.

Los fines de semana se convierten en un rito, con unos cuantos pasos, situaciones y momentos bastante determinados, conocidos por todo el grupo.

Se sabe en qué instante de la noche se está, simplemente mirando el lugar: la gente sale siguiendo raíles, va pasando estaciones conforme avanza las horas.

Ese trayecto en tranvía del que hablamos, en el caso de Enzo y sus amigos podría resumirse sencillamente:

1ª estación: Intento de abandono de la realidad por la vía rápida (léase oral, nasal…) en el laboratorio.

2ª estación: Estación del metro. Quien dice que el último metro es el de los borrachos y drogadictos, no se equivoca.

3ª estación: Los locales de la avenida Piamonte, donde se junta gente «bien», pastilleros y el resto de fauna urbana que puedas imaginar.

4ª estación: «La caverna», una jungla de gente intentando bailar o meter mano -según casos- bajo la relajante luz estroboscópica.

5ª estación: Cervezas de última hora en un lugar tranquilo, o sobredosis de pizza en la tahona recién abierta.

Por supuesto, alguna de estas situaciones puede no darse. No sería la primera vez en la que no pasan del laboratorio, pero bueno, nos hacemos una idea.

Nada más doblar la esquina, seis sombras se proyectaban sobre la pared perpendicular a la puerta del garaje. Aunque Enzo todavía no podía distinguir la silueta de Andrea, bastó la certeza de que uno de aquellos seis recortes de luz en la pared sería ella para que se le hiciera un nudo en el estómago.

Conforme avanzaron, el negro original se fue definiendo, usando toda la gama de grises para mostrar hasta la expresión en los ojos de las quince personas que ya estaban frente a frente.

– Hola, ¿qué tal? – dijo Marco, haciendo gala de su condición de anfitrión.

– Hola. Da miedo esperar aquí, no se ve nada. La próxima vez quedamos en la plaza todos juntos, ¿vale? – propuso Francesca.

– ¿Miedo? ¡Pero si estabais conmigo! – fanfarroneó Leonardo.

– Cállate, machito, que tú eras el que más cagado estabas. – Andrea puso las cosas en su lugar, cumpliendo, como comentábamos, con la cadena de mando establecida por ser la hermana mayor.

Todos sonrieron menos Leonardo, que tuvo que tragarse su orgullo cuando Francesca le miró burlona.

– Id pasando. Tened cuidado hasta que encienda las luces – advirtió Marco.

– Hum… ¡esto huele a desparrame! ¡La que vamos a liar hoy! – dijo Miquele emocionado.

– A ti hasta un congreso de micólogos te huele a desparrame – contestó Nicola entre risas, mostrando su rebuscado sentido del humor.

– Hombre… si regalan monguis en la entrada, seguro que sí – apostilló Miquele, sorprendido de su ingenio.

Miquele alucina cada vez que empieza la noche. Es de aquellos a los que la perspectiva de fiesta les parece incluso mejor que la fiesta en sí. Da la impresión de que va a ser su última noche entre los mortales, aunque luego su ilusión se va apagando y acaba sin ganas de nada. Añorando, como un joven miliciano, su cama caliente y su almohada fresquita.

Le gusta planear lo que hará cuando salga. Más que planear, lo que hace es imaginar posibilidades y logros en diferentes situaciones, con un brillo centelleante en sus ojos. Luego, aprovecha la más pequeña ocasión para proponer a sus amigos uno de esos sitios en los que antes se ha visto como Zeus en el Olimpo, rodeado -como no podría ser de otra forma en una ensoñación adolescente- de bellas Afroditas.

Es bastante posible que, al final, logre convencer al resto para ir a este local o a otro. Más probable, aún, es que la escena con la que se encuentre allí no tenga nada que ver con la que él tenía en la cabeza, pero se resiste a creerlo. Cuando por fin pierde toda esperanza, el dios Morfeo le tienta con nuevos sueños, esta vez con los ojos cerrados.

4.- Etanol

La juventud necesita vicios para sentirse realmente joven. Cuanto más transgresores sean esos vicios, mejor.

Durante quince años vivimos siguiendo reglas. No nos desagrada demasiado. En ocasiones, incluso nosotros mismos añadimos todavía más reglas al inventar juegos, porque un juego sin reglas pierde su encanto.

Pero las cosas cambian cuando creemos saber suficiente, cuando nos damos cuenta que aquel que dictaba las reglas no posee la verdad absoluta. Es entonces cuando queremos descubrir por nosotros mismos qué es lo que es realmente cierto de todo lo que hemos aprendido.

Los miedos inculcados en nuestra educación ya no sirven como baremo de peligrosidad, y sólo nos retrasan nuestras limitaciones conocidas, que creemos pocas.

En una época de cambios, de definición de la personalidad, todos queremos tener la valentía entre nuestras cualidades.

– Yo hoy no voy a beber mucho, ¿eh? – advirtió Dino.

– Eso dices ahora, pero en cuanto termines esas dos litronas ya veremos si paras – dijo Enzo.

– Joder, Nico. ¿Cómo puedes ser tan guarro de beber eso? – exclamó Luca con cara de asco, después de ver la mezcla tan original que preparaba Nicola.

– Me la suda. A mí el alcohol no me gusta, si pudiese elegir bebería zumos de mango. Me bebo esto como un jarabe, es como una pócima que tengo que tomar para abandonar el mundo de los sosos – respondió Nicola.

– A ti te tendrían que sacar en los anuncios chorras del gobierno: «yo bebo para pasármelo bien»; y al rato tu típico vómito con la cena intacta calle abajo. Si es que hay que masticar mejor… – dijo Guido entre risas, apuntándole con el dedo con cierto deje paternalista.

Nicola le devolvió la risa, al igual que las chicas, que habían empezado a beber tímidamente. Enzo se moría de ganas de hablar con Andrea, pero esperaría a estar un poco más puesto para acercarse a ella.

La manera de entender el alcohol ha cambiado radicalmente en los últimos años. Antes se veía como una excusa, un condimento de la fiesta, que además agilizaba las cosas. En ocasiones no eran necesarias más que un par de copas para pasárselo bien (vale, a veces un par de pares de pares, pero bueno). Lo importante en una fiesta era quién iba a estar allí.

A pesar de que durante los años 70 las drogas estaban al orden del día, no existía la fijación en ponerse azul a pastillas o cocaína que tiene un sector de la juventud actual. O quizá si existía, pero a la vez que otras muchas inquietudes.

Los estudiantes de los 70, y de comienzos de los 80 vivieron una época de movimientos más crudos, más sonoros. Hoy en día sigue habiendo cambios, algunos superan las capacidades de los analistas, pero son tratados de manera que nadie se alarme demasiado. Nada es noticia más de un mes seguido.

Hay injusticias, matanzas y violaciones de los Derechos Humanos como para estar todo el día mostrando imágenes por televisión. Sin embargo, las cadenas que emiten 24 horas de noticias, repiten sin parar las tres o cuatro que quieren que sepamos. Intentan manipular las opiniones mostrando únicamente partes de la verdad, enmascarando intencionadamente lo que ellos convengan.

Eso hace que los jóvenes de hoy en día estén desengañados, ven que casi nada tiene remedio. Les cuesta mucho más salir del hedonismo, y su versión estupefaciente tiene bastante aceptación.

Actualmente, se plantean las fiestas y las noches de juega en función de la cantidad de alcohol u otros sustitutivos químicos que se piense consumir, la gente que comparta contigo esa fuga de la recta real pasa a un segundo plano (siendo éste normalmente normal, siguiendo con la alegoría pseudomatemática).

Nicola era quien pensaba todo esto y lo admitía públicamente. Él bebía porque necesitaba olvidarse de todo un poco una vez a la semana.

No le gusta el alcohol, ninguna clase de alcohol (a pesar de ser más goloso que las moscas, los licores de crema de café o de frutas tampoco le hacen mucha gracia), pero bebe como el que más, con un único objetivo: noquear a su conciencia durante un par de asaltos.

Al resto del grupo le importaban poco o nada cosas como que el Sur del país era cada vez más pobre, que hay países en los que la vida no vale nada, que la mitad del mundo se muere de hambre, miseria o enfermedades… Preferían cambiar de canal en cuanto veían el típico niño del Africa negra con el vientre hinchado de desnutrición. Pensarían que es el mismo niño de siempre, el que usan para atormentar sus cabezas y vender pegatinas del Domund.

Pero Nicola no era así, tenía ese defecto: demasiada conciencia. Por eso, los fines de semana le daba vacaciones atontándola unas horas.

5.- Fichas

Los silencios iniciales y conversaciones triviales se habían esfumado y era fácil ver que todos estaban sensiblemente más ligeros.

Guido, en una esquina, competía con Nicola por la chorrada del día como sólo ellos podían hacerlo: a cada frase incongruente de uno respondía el otro con la primera salvajada que cruzara su mente. Podían pasar horas alimentando la carcajada de los demás y la suya propia.

Mientras tanto, Luca y Marco preparaban unas filas de cocaína con ceremoniosa pulcritud. A Luca le gustaba que le vieran envuelto en todo lo prohibido. Acrecentaba, más si cabe, su ego que los demás viesen lo desfasado que era. Todo lo contrario le ocurría a Enzo, que prefería que nadie fuese cómplice. Por eso, con Andrea, Joanna y las demás delante sería difícil verlo metiéndose nada raro. Le parecía algo sucio, una dependencia triste de felicidad artificial.

Los ojos de Enzo habían cambiado de expresión, se le notaba con la soltura que dan los segundos tragos de alcohol.

– Pensaba que no ibais a venir – mintió Enzo dirigiéndose a Andrea.

– Pues aquí estamos, porque… ¿qué ibais a hacer sin nosotras? – dijo Joanna sumándose a la conversación.

Enzo miró fugazmente a Andrea. Sus ojos habían sido traicionados por el pensamiento que la frase de Joanna había provocado, y se apresuró a decir algo:

– ¿Qué vamos a hacer luego? ¿Tenéis pensado algo?

– Volar en ala-delta a Madagascar… – dijo Joanna con una risa – no, me parece que lo de siempre, una vuelta por Piamonte y prontito a casa, que mañana me toca madrugar.

A Enzo le agradaba que Joanna estuviese con ellos. Una conversación a solas con Andrea lo hubiese convertido en un imbécil en un par de frases, pero estando tres todo era más fácil.

Siguiendo el particular lenguaje que utilizaban, Enzo estaba metiendo fichas a Andrea de manera descarada. El símil trata de comparar el trabajo que cuesta conseguir a una chica, con el arte de lograr un premio en una máquina tragaperras a base de meter fichas. Dices una frase bonita: entra la ficha, bajas la palanca y… manzanita-oliva-plátano: nada que hacer. Pero, como en las tragaperras, no nos desesperamos. Metemos otra ficha creyendo que el premio está al caer.

A veces desistimos, y mientras todavía estás cerca de la máquina llega un listo y, con un par de fichas, se lleva todos los premios. Lo mismo ocurre con las chicas, uno no sabe cuando darse por vencido por temor a una injusticia de ese calibre.

Alguien podría pensar que la comparación es descabellada y sin fundamento. Pero, si bien las chicas no se basan en el azar, las tragaperras tampoco lo hacen totalmente, en ambas influye – y mucho- el número de horas que les dediques para conseguir tu premio.

Hay que tener cuidado con las fichas. Demasiadas pueden interpretarse como alguien empalagoso y obsesivo, tanto por chicos como por chicas. Así que, al igual que en cualquier juego, es bueno saber cuándo retirarse o esperar otra baza.

– ¿Sabéis? A lo mejor consigo un trabajo de soldador en una empresa en la que trabaja un amigo. La movida es que hay que moverse mucho, dependiendo de dónde esté el barco que hay que soldar. Y no sé si mis viejos estarán por la labor de dejarme estar un mes en Génova, otro en Nápoles, el siguiente en Trieste…

– ¿Nos abandonas, mal amigo? – respondió Andrea con un aspaviento de enfado, que pronto convirtió en una sonrisa.

Que Andrea hablase de abandono era algo que inyectó esperanza en las venas de Enzo, pero la palabra amigo era como la nota equivocada al final de una agradable melodía.

– No, que va… bueno, -sonrió inocente- un poquito sólo. Es que pagan un escándalo, porque es por encargo y encima somos trabajadores desplazados. Además, me apetece ver un poco de mundo, que me voy a pudrir de tanto estar en el barrio. Vosotras por lo menos os vais de vacaciones de vez en cuando.

– Ya, pero aquí al lado y con todo el equipo: mis padres, mi abuela… Tengo ganas de ver el Sur, visitar Capri o Palermo, por ejemplo. – dijo Joanna con los ojos llenos de ilusión.

– El otro día, éstos estuvieron diciendo que podríamos ahorrar y marcharnos quince días o un mes de interrail. Casi todos tenemos algún modo de conseguir dinero – añadió Andrea.

– Joder, como comente en casa lo del trabajo de soldador y el interrail a la vez… A mi madre le puede entrar la paranoia de que somos como las ratas que abandonan el barco cuando se hunde, que no la queremos nada, blablablá… y ya tenemos el drama montado.

Joanna y Andrea se rieron. Enzo tenía, sin darse cuenta, una manera muy gráfica y graciosa de acompañar sus palabras con expresiones y gestos.

– Esperad un momento, vuelvo enseguida – dijo Enzo después de comprobar que, inoportunamente, se le había acabado la bebida.

Hacían las mezclas al lado del desagüe del garaje, tal y como había repetido mil veces Marco. La verdad es que tenía razón, al principio hacían lo que les daba la gana y después de seis días cerrado, el laboratorio olía a mierda que echaba para atrás. Marco no era muy protector con el garaje ni con lo que hubiese en él, pero sus padres pensarían que habría un muerto en el maletero del coche si entrasen un día sin haber pegado un buen manguerazo al suelo.

Mientras Enzo estaba con su alquimia alcohólica, se acercó Nicola con una expresión entre divertida y somnolienta.

– ¿Qué? ¿Cómo vas? – preguntó Nicola.

– Bah, bien. Se me ha acabado el combustible así que aquí estoy.

– ¿Has visto los tiros de farlopa que se han metido éstos? ¡Qué pasada! Yo no sé si es porque el chulo de Luca le pica a Guido, o porque Guido está cada vez más pirado, pero van de mal en peor. Marco sólo se ha metido una fila, pero estos dos… Además, es alucinante los inventos que se montan para conseguirla, ¡ni en «Misión Imposible»!

– Yo hoy paso. No creo que me meta nada.

– Ya, – dijo Nicola entre risas – ya te he visto trabajando como un campeón, ¡además de dos en dos!

– Pensé que el bocas de Marco se lo había contado a todo dios… no, estoy intentándolo con Andrea, pero de momento nada de nada.

– Pues eso, ya me contarás como va la pesca, que hace mucho que no hablamos de amores y otras putadas – se despidió Nicola guiñando un ojo.

Para cuando Enzo volvió su cabeza hacia donde estaban Joanna y Andrea, su sitio estaba ocupado por Marco, Luca y Francesca, que estaban hablando con ellas. En la otra esquina, Guido seguía en su papel de showman divirtiendo al personal y Leonardo le reía las gracias a destiempo.

Enzo decidió quedarse con el grupo de las risas, viendo que había mucho tráfico para llegar hasta Andrea. Quedaban pocos tragos más en el laboratorio, así que no vio con muy malos ojos el cambio de escenario.

6.- Orina

Salieron del laboratorio con el tiempo bastante justo como para llegar al último metro. Marco intentó poner un poco de orden en la horda de borrachos que brotaba de la puerta de su garaje, pero pedir silencio a semejante banda era como intentar beberse el océano para mearlo en un embalse.

Dos minutos después de que llegaran a la estación, sin dar tiempo a que se sentaran los últimos, llegó el metro. Siete paradas les separaban de la Avenida Piamonte.

El tramo en sí no era demasiado largo, aunque todo dependía de quién lo midiese. Para Nicola, que sentía que tenía la vejiga más llena que un balde de pis, cada parada era una tortura. Pensaba que acabaría teniendo agujetas en la bragueta de tanto aguantar. Siempre le pasaba lo mismo, después de dos horas largas bebiendo como un desagüe en el laboratorio, se olvidaba de todo.

Sólo cuando las puertas del vagón se cerraban era cuando se acordaba, ya sin remedio, de su deuda con el water. Dino, que parecía que mease cada doce días, veía el viaje como un largo parpadeo mientras creía oír de fondo las chorradas de sus amigos borrachos.

– ¡Joder! ¡Soy gilipollas!, otra vez encerrado en el puto metro con unas ganas de mear de espanto – se quejó Nicola.

– Siempre igual, chaval. Sólo tienes que pensar en una catarata o en un grifo, te meas encima, y problema casi resuelto – dijo Guido riéndose de Nicola descaradamente.

– Calla, puta, que todos los fines de semana me dices la misma chorrada.

– Ya te acompaño yo al water cuando lleguemos. Aunque no tengo ninguna gana de hacer pis precisamente – gritó desde el extremo del vagón Luca acompañándose de una carcajada. Se había propuesto firmemente que todos supieran que esa noche iba a acabar puestísimo de cocaína.

– Éste es medio idiota – murmuró Nicola sin que nadie le oyese.

– Mea en la papelera, no te van a ver. – comentó Guido intentando seguir hurgando en la herida.

– ¿Por qué no haces como que te agachas y me comes la polla? – respondió Nicola con un gesto entre malhumorado y gracioso.

«Dime qué meas y te diré quien eres» podría decir el refrán, porque mirando el color de la orina es facilísimo saber el estado de una persona. Si la orina tiene mucho color seguramente será de alguien que se acaba de levantar de la cama, o de quien hace pis cada 29 de febrero. Una orina rojiza, por el contrario, evidencia problemas en el aparato excretor y suele ser de personas ya entradas en años. Sin embargo, la más común en las noches de los fines de semana es la orina incolora, compañera inseparable de bebedores compulsivos.

Después de haber tragado hasta el agua de los floreros, al cuerpo le sobra agua como para inundar el Gobi, y como no acumula desechos que licuar con la orina (en ese momento esta entretenido intentando poner en orden a cuatro o cuatrocientas neuronas desfasadas), meamos cristal de Bohemia.

Es desagradable fijarse en estas cosas, en eso estamos todos de acuerdo, pero pocas cosas más se pueden hacer mientras se orina. Es como cuando nos ponemos a leer el nivel de triglicéridos que tiene nuestra leche semidesnatada mientras desayunamos. Seguramente todos habremos leído la Cantidad Diaria Recomendada (CDR) de Hierro que necesitamos, mirando, todavía con ojeras, un lateral de la caja de cereales. La curiosidad científica puede aplicarse en todas partes, hasta con la orina. De hecho, los controles antidopaje hacen lo mismo sólo que de una manera más exhaustiva.

Las puertas del vagón de metro se abrieron al son del familiar y siempre desagradable pitido característico. La pesadilla terminaría dentro de poco para Nicola, o eso creía él.

7.- Odio

Nada más subir las escaleras de la estación podía notarse el ambiente de la avenida Piamonte: coches a gran velocidad atravesaban la calzada mientras un compendio de músicas sonaban como a lo lejos, con las puertas de los locales haciendo de sordina.

En el mismo momento en el que cuatro niñas bobas entraban como hienas en un taxi, un punketo se agarraba la tripa mientras vomitaba sobre una jardinera. Así era Piamonte: rímel y bilis en partes iguales, locales transgresores junto a discotecas de moda. Una ensalada de tribus urbanas, que a veces se tornaba cóctel molotov.

– Vamos al «Octubre Rojo», ¿vale? – sugirió Dino.

– No, tío. Ya que estamos aquí, al «Sinergy», que está al lado. Además, así acompaño a Nicola al water y, mientras, miráis como está el ganado en la pista – contestó Luca.

– Siempre acabamos en estos garitos para pijas, con la música techno machacándome los tímpanos – se quejó Marco.

– Venga, que luego vamos al «Octubre» a tomar unos mojitos – dijo Luca, intentando embaucar al personal.

Marco tenía bastante razón al referirse al «Sinergy» como un local de niñas pijas histéricas, paseando el palmito bajo la mirada de buitres leonados disfrazados de yuppies con acné. El local era amplio y bien preparado: focos, haces láser y decibelios como para mover un barco. La música imposibilitaba la conversación, aunque nadie tenía deseos de hablar en aquel teatro de ninfas embalsamadas en vida y príncipes engominados.

Guido estuvo a punto de no poder pasar. Su camiseta de Rage Against the Machine con la figura del Ché provocó un esguince mental en el encéfalo sin estrenar del primate de la puerta.

Luca y Nicola bajaron a los servicios al tiempo que el resto invadía la pista con pocas intenciones de bailar. Sólo a Guido y a Nicola les gustaba moverse al ritmo de la música, los demás necesitaban estar muy borrachos para desenredar los nudos de la vergüenza, y cuando lo estaban, su coordinación hacía tiempo que los había abandonado.

La pérdida gradual de luz, sumada al estado de Nicola, estuvieron a punto de provocar que se cayera rodando por las escaleras mientras se dirigía a trompicones hacia su meta. Ya casi se había olvidado de las ganas feroces de ir al servicio, quizá debido a su estado etílico, que le acercaba al nihilismo más pasota. Tuvo que ser Luca quien le recordara qué hacían en la puerta de los servicios:

– ¿Cómo que «¿qué hacemos aquí abajo?» ? ¿No te morías de ganas de mear hace un rato?

– ¡Ah!, sí, joder. He aguantado tanto que igual meo vapor – dijo Nicola. Una vez recordada su necesidad, una punzada apretó más su castigada vejiga.

Olía a humedad, mezclada con fragancia de pino artificial. El espejo reflejaba únicamente las puertas de los retretes, todas cerradas. Nicola probó a abrir la primera, sin éxito. Lo intentó con las demás, con idéntico resultado. Al llegar a la ultima, enfadado, cargó con todo su cuerpo contra la puerta.

Sorprendentemente la puerta se abrió, mejor dicho se rompió. Nicola se abalanzó con el impulso sobre dos individuos que sostenían unas rayas de coca en un carné, lo siguiente fue ver el carné cayendo al retrete mientras daba miles de vueltas.

Su cerebro tardó en asimilar el puñetazo que destrozó su pómulo. Cayó hacia atrás golpeándose la sien contra el frío suelo. Billones de patadas sembraron su vientre de punzadas de dolor. No tenía fuerzas para levantarse, ni para gritar. La consciencia se alejaba de él a la misma velocidad con la que llegaban los cañonazos desgarradores.

Una gota de sangre se mezcló con la lágrima que cubría su único ojo abierto. Todo adquirió un tono rojizo. Creía que se acercaba a las puertas del infierno, o del sufrimiento eterno. Ya no podía apenas percibir dolor. El conocido olor de su propia sangre le recordó sus infantiles hemorragias nasales, haciéndole sentir igual que desvalido que entonces. Un calor inesperado bañó sus piernas, su vejiga se rendía al mismo tiempo que el resto del cuerpo. Trataba de engañarse imaginando un despertar sudoroso en mitad de la noche. No era capaz de hacer frente a nada. Sólo miedo.

Luca no pudo interpretar lo que estaba pasando. Se quedó congelado, como una estatua de sal, contemplando algo incoherente. Los dos tarzanes salieron de los servicios con una sonrisa triunfal, y Luca todavía no alcanzaba a ver los ojos de Nicola gritando ayuda.

Al llevarse la mano al pecho, Nicola no pudo distinguir si lo que tenía rota era la mano o las costillas. Se apoyó en la otra mano y trató de incorporarse. Una mezcla de alcohol y sangre subió por su garganta. Escupió, trató de vomitar. Vio el suelo tapizado de un impresionismo rojizo. Temblaba, su miedo ahogaba su rabia.

Los brazos de Luca lo rodearon y, a duras penas, recuperaron la verticalidad. La vista de Nicola se nubló en un fundido al gris con el que casi pierde la consciencia.

Enseguida entraron tres encargados de la seguridad, derrochando adrenalina:

– Estos son los hijoputas de la pelea. Echadlos a la puta calle, no quiero ni media hostia en mi local.

Casi instantáneamente estaban atenazados por las grúas humanas que no tardaron en conducirlos a empujones hasta la puerta.

El viento de la noche era como sal en las heridas de Nicola. Sentía todavía cada nudillo marcado en su cara, como si hubiese sido embalado con infinitos puñetazos y patadas que mantenían su presión. Sus pantalones se ceñían incómodos y abrasivos, empapados en orina congelada. En la boca, la salina sangre se ligaba con su saliva formando coágulos que escupía a cada rato.

Luca exprimía su mente para encontrar una excusa con la que justificar su inmovilidad. No sabría como mirar a la cara al resto bajo la presencia del rostro desfigurado de Nicola.

– ¡¿Qué cojones ha pasado?! – gritó Enzo, con rabia en sus ojos.

– ¡Nico! – Francesca lloraba mientras ponía su mano en el cuello de Nicola – Hay que llevarlo al hospital, mirad como tiene la cara.

– ¡Luca! ¿Qué cojones ha pasado? – repitió Enzo encolerizado.

– No he podido ver quién ha sido, cuando he llegado sólo he visto a Nicola destrozado y sangre en el suelo. Enseguida han venido unos maromos de seguridad y nos han echado a patadas – dijo Luca, sin creerse demasiado sus palabras.

– ¡Me cago en su puta madre! ¡Los mato a hostias! – Guido no cabía en su odio.

– Sí, ¿pero a quién? Luca, ¡joder!, ¿no has visto ni cuántos eran o cómo iban vestidos? – insistió Enzo.

– No, tío – respondió Luca tímidamente.

– Ya he llamado a una ambulancia, vienen enseguida – dijo Andrea muy seria.

Nadie entendía nada, miraban a Nicola tapándose el ojo con una mano manchada por un reguero de sangre ya seca que bajaba por su antebrazo.

– ¡Puta mierda de sitio, puto asco de gente, puta vida, los mataba a todos, cabrones! – aulló Guido, con los puños cerrados.

Guido en realidad se quejaba de la falta de argumento que tiene la vida. Reprochaba al dios que le habían hecho creer en el colegio por qué cojones estaba el pobre Nicola hecho una mierda, cuando el subnormal de Luca seguía con su cara de idiota, sin saber ni qué decir. No era sangre sino ira lo que circulaba entonces por sus venas.

Las luces de la ambulancia pusieron fin a la noche. Francesca, Guido y Andrea acompañaron a Nicola hasta el hospital. El sentimiento de culpa de Luca hizo que pidiera un taxi para hacer lo propio.

8.- Marejada

Un lento chirrido en la oscuridad, seguido de un amortiguado portazo, tranquilizó a la madre de Dino y Enzo, que no sabía bien si dormía o no, sumida en una confusa oscuridad, desorientada después de doscientas dos vueltas entre las sábanas.

El viaje de vuelta fue muy tenso. Nadie se atrevió a articular palabra, quizá por miedo a que saltara una chispa en aquel polvorín de dinamita emocional. Permanecieron con sus ojos fijos en la nada, atravesando con la mirada a quien estuviera delante, haciéndolo sentir desagradablemente transparente.

El acogedor olor del hogar no tranquilizó la mente de Enzo. Estaba furioso, confundido, cansado. Miles de ideas sobrevolaban su mente sin dar tiempo a que se posase ninguna.

Sin darse cuenta, se encontraba a oscuras en la cama. Ni siquiera recordaba el desagradable contacto del dentífrico con su aliento alcohólico, ni su cara amarillenta y trasnochada tratando de reconocerse en el espejo, dividida en dos por las puertas del armario de encima del lavabo.

Quería poner fin a esa noche, galopar al día siguiente. Pero eso es imposible. Todo esfuerzo para dormir es vano, igual que todo esfuerzo para no dormirse. Contar ovejitas, buscar números primos hasta llegar a 29453… patrañas para lidiar con nuestra ansiedad, esperando que los francotiradores de Morfeo acaben con ella.

¿Quién no ha sufrido esa angustia de no poder dormir aunque todo, menos nosotros mismos, esté en su estado óptimo para hacerlo? La noche anterior a un examen, en cuanto cerramos los ojos, sin haber perdido del todo la consciencia, podemos resolver millones de problemas llenos de fórmulas imposibles, recitar de memoria textos que no habíamos leído nunca o tener conversaciones en perfecto inglés sin sabernos ni la primera columna de los verbos irregulares. Hasta que, al fin, topamos con algo igual de irreal que lo anterior, pero que encontramos irresoluble. Ese agobio es el que nos saca de un tirón de la duermevela, y si no encendemos la luz, podemos estar un tiempo confundidos hasta caer en la cuenta de que estábamos desvariando.

A duras penas, tratamos de poner orden en aquel conglomerado de ideas no del todo definidas. Nuestra mente, en esos momentos, es como la maleta que hemos llenado con prisa y no conseguimos cerrarla ni sentándonos encima.

Así se encontraba Enzo, sin saber distinguir cuándo estaba imaginando y cuándo recordando. La estrecha línea que separa la realidad de la ficción estaba desdibujada para él, como el electrocardiograma que forma una línea de tinta azul en un papel mojado.

Su percepción de sí mismo fluctuaba, tenía esa detestable sensación de estar como en una barca, propia de cerebros rehogados en alcohol, a los que se ciega en la oscuridad con la confusión añadida de la horizontalidad. Una barca en mitad de una marejada, sin saber de dónde llegará la siguiente ola.

Se puede disminuir la furia de esta mar imaginada anclando un pie al suelo, consiguiendo así una referencia estable, válida para la mayoría de los casos. Si antes de entrar a la cama, ya notábamos que el suelo era elástico, malo. Al tumbarnos nos puede parecer que estamos dentro de una pelota de tenis en la final de Roland Garros.

La imagen desfigurada de Nico sentado frente a la puerta del «Sinergy» atormentaba a Enzo a cada rato. ¿Qué debía hacer con Andrea? ¿Cómo contarle a sus padres que se marchaba a trabajar de soldador en un barco a la otra punta del país? Tenía ganas de aplastar la nariz contra el cerebro de quienes habían hecho eso a Nicola, cortarles los cojones con una cuchilla oxidada. ¿Podría aprovechar que sus amigos se quieren ir de interrail para que le acompañen en su huida del hogar? Seria una buena oportunidad para echar el resto con Andrea. ¿Por qué huevos se habían dejado convencer por Luca para entrar en esa mierda de sitio? Su madre estaba más preocupada que de costumbre, trataría de enterarse al día siguiente de algún posible problema.

Estaba igual de desolado que un niño que intenta construir una muralla de arena al azote de las olas: cuando ya consigue organizarse para darle robustez y solventar el problema, una ola nueva desbarata todos sus esfuerzos, y vuelta a empezar.

No llegaba a profundizar en ninguno de esos fugaces pensamientos, nada más comenzar a deshacer el nudo de axones que formaba esa idea, torturando su cerebro, otro nudo apretaba con más fuerza al otro lado de su cabeza.

En un indeterminado momento de la madrugada su entendimiento terminó por rendirse. Le llegaba el turno al incansable bibliotecario que noche tras noche ordena todo lo asimilado durante el día. El mismo que revuelve los recuerdos en busca del sitio adecuado para cada pensamiento y provoca disparatados guiones en nuestros sueños.

9.- Controversia

Enzo oyó unos gritos que no supo descifrar mientras caía rápidamente por el tobogán que va del sueño al despertar. Ese tobogán que termina a dos metros del suelo, en el que nadie sabe muy bien lo que está pasando hasta que nos damos de morros con la mañana.

– ¡Ufff! ¡Cómo huele aquí! ¿Habéis desenterrado a alguien o qué? – dijo la madre de Enzo mientras utilizaba el socorrido truco que emplean todas las madres para que nos levantemos: abrir la ventana con la excusa del olor, anulando por completo las ganas de estar tranquilitos en la cama. – ¡Venga, crápulas! Despertaos que enseguida hay que preparar la mesa.

Sólo obtuvo dos gruñidos como respuesta, pero sabía que el frío haría el resto. ¡Para qué cantidad de cosas puede servir una ventana!

Cuando Enzo no pudo soportar más el álgido viento acuchillando sus sábanas, se levantó de la cama. Un trago de agua en el lavabo le hizo darse cuenta de su mal sabor de boca. La poca saliva que se generó tras él, parecía arcilla. Le entraron unas ganas terribles de lavarse los dientes, pero al hacerlo, el sabor del dentífrico le produjo náuseas. Todo su tubo digestivo hacía notar su desacuerdo con la vida nocturna de Enzo, y después de un ruido de desagüe desde su intestino, tuvo que sentarse en la taza del water a todo correr. Diarrea. El dolor de estómago no le dejaba pensar en nada.

Es una tortura que dura medio minuto, pero mientras estás con los pies desnudos sobre los azulejos congelados del cuarto de baño, tratando de no deshacerte del todo, con el ano más dilatado que una parturienta y un dolor sordo pero intenso por todo el abdomen, crees morirte. Al acabar, no hay secuelas, sólo alivio, y necesitamos haber pasado por ese trance muchísimas veces para comprender que el dolor digestivo es peor que dormir con una almohada de hortigas.

Terminado su aseo, Enzo entró tambaleante en el comedor, después de haber ganado el combate con el retrete por los puntos, y vio como Dino, que se había vestido hacía un rato, terminaba de poner la mesa. Dino le miró con la cara que ponemos cuando deseamos que se note nuestro enfado sin decirlo, porque su madre había aprovechado su tendencia friolera para mandarlo a por el pan y a poner la mesa. Mientras, su padre leía el periódico del día anterior en el sofá y su hermano dormía como un oso en el gélido invierno.

– Hoy he hecho ensalada de pasta, que sé que os encanta – dijo la madre de Enzo, con alegría – Dame el plato, que te sirvo una buena ración.

Enzo acercó tímidamente el plato. Sólo imaginar el aceite flotando sobre el vinagre en su estómago le causaba malestar, pero mostrar debilidad ante la comida sería un signo inequívoco ante su madre de que había desfasado más de la cuenta.

– ¡Qué callados estáis hoy! Venga, contadme qué tal anoche – su madre continuaba con el entusiasmo inicial.

Dino miró furtivamente a Enzo, y los dos hicieron un pacto implícito de silencio.

– ¿Se te ha olvidado echarle aceitunas; no, mamá? – preguntó Dino, intentando cambiar de banda.

– ¡Ay! Es verdad, es que ya no sé ni dónde tengo la cabeza.

El ambiente cordial de la mesa, junto con la calma de su padre, era un contexto idóneo para que Enzo sugiriese la posibilidad de su nuevo trabajo.

No sabía como reaccionarían sus padres, así que intentó imaginar una buena frase para empezar. Podía jugar con la forma, porque el fondo era invariable: quería irse a ganarse la vida fuera de esas calles en las que había escrito su infancia.

Mientras Enzo comía intranquilo, sin hallar la fórmula mágica, se confesó un penitente inesperado:

– Tengo que comunicaros algo. – Giacomo Zert, el padre de Dino y Enzo, miró a su mujer con los ojos redondos, aquellos que enseñamos para mostrar inocencia – He estado muy liado últimamente a cuenta del último pedido, y muchos de estos días me he tenido que quedar hasta que cerrábamos la fábrica. El caso es que, mientras supervisaba los procesos de producción, me di cuenta de cosas que quizá mis superiores no quisieran que me hubiese enterado.

Su mujer dejó los cubiertos sobre la mesa, asustada por el relato de su marido, al que intentaba poner toda su atención.

– Después de estar muerto de miedo pensando en mi despido, – siguió Giacomo – mi jefe me convocó una mañana en su despacho. Pero, imaginaos mi sorpresa, me dijo que estaba muy contento con mi trabajo y que estaba pensando en un ascenso. Yo creo que él se olía el pastel, y por miedo a una demanda si me despedían, ha optado por comprar mi silencio con un nuevo puesto.

Enzo había prestado poca atención a las palabras de su padre, seguía dando vueltas a esa frase ganadora que se daba a la fuga, en una persecución entre las callejuelas de su córtex cerebral. Su madre, todavía con la boca abierta, digería la última frase de su marido, recuperando la calma.

– Me parece que pasaré del departamento de producción al de finanzas, para hacer labores más administrativas que la supervisión de la producción de los pedidos. Un trabajo sin complicaciones, para poder jubilarme sin los agobios de estar a pie de máquina. – concluyó el padre de Enzo, con una plácida sonrisa.

Aprovechando la sobredosis de tranquilidad que las buenas – aunque no del todo éticas- noticias de su padre habían provocado, Enzo se animó también:

– ¿Sabéis? Yo también tengo que hablaros de algo importante. Un colega del taller me ha conseguido un trabajo. Estaríamos contratados por una empresa astillera, de soldadores en barcos, cobrando una pasta. Eso sí, tendríamos que estar donde nos manden ir a soldar, de un lado para otro. Podría empezar a trabajar desde ya mismo, necesitan gente como yo inmediatamente. Además, les conviene que seamos jóvenes para no tener el problema de los lazos familiares y todos esos rollos. Según me han contado, es un chollo: mucho dinero, buen ambiente y un trabajo parecido al que tengo. De lujo.

– Seguro que es más complicado de lo que parece. – dijo su padre – No será todo como te lo pintan, y tendrás que tragar mucha mierda y horas extra metido en el barco, sin ver nada más que el astillero.

– Además, no pienses que va a ver alguien como yo, que se preocupe de que vayas limpio y de que comas bien por allí. – comentó su madre, con esa mención a las comodidades del hogar tan propia de su condición – Os quejáis de vicio, pero como aquí nos os van a tratar en ningún sitio. A ver si encuentras a otra que te prepare todo como tu madre. Tú verás lo que haces.

La falsa capacidad de elección que nos dan nuestros superiores, intentando no demostrar abiertamente su despotismo, no valdría esta vez ante la férrea convicción de Enzo. Sabía que marcharse era lo mejor. Bueno, en realidad, las ganas de cambiar de aires y conocer otra gente inundaban sus pulmones de entusiasmo y eso engañaba a su opinión, haciéndole buscar incentivos en cualquier cosa que estuviese relacionada con marcharse.

– Esperaré a que termine el mes, y me marcho a la aventura – terminó por decir Enzo, tratando de disimular su sonrisa tonta con un trago de agua.

10.- Ciao

La rutina semanal diluyó la importancia de todas las ideas que tenía Enzo en mente. Consiguió que su cabeza pudiera tomar aire después del esfuerzo del fin de semana.

No hay nada mejor para no deprimirse que estar ocupado. Es muy difícil tener tiempo para pensar en nuestros demonios si hay trabajo que realizar. Los pensadores clásicos lo sabían: no podrían llegar a nada en filosofía si el mínimo trabajo perturbaba, como una piedra en un estanque o una sonora flatulencia en medio de un examen, la abstracción de su mente.

Por eso esclavizaron a quien pudieron, formando una sociedad de hombres y bestias de carga (a las mujeres no sé yo muy bien dónde las enmarcaban estos amantes de Sofía; quiero pensar que en el primer grupo, no nos dejemos engañar por las habladurías en torno a los griegos). Seguramente a esas bestias, aunque tuviesen algún que otro problema lumbar, no les quitaría el sueño ni el ser ni el devenir, ni esa clase de cosas que importan poco cuando tu vientre llora con ruido de tuberías.

No hay como un sacrificio físico para liberar tensiones síquicas. Una vuelta en bicicleta, quince kilómetros corriendo, cuarenta largos en la piscina… y ya no nos acordamos ni a quién teníamos que odiar al día siguiente. El cerebro descansa más teniendo que preocuparse únicamente de mover al compás unas cuantas piernas y brazos que en un sueño profundo, en el que tiene la papeleta de intentar divertirnos, como un bufón con extrañas piruetas.

Los días pasaban, simétricos a los ya vividos, como la reflexión especular de cualquier semana del año pasado. Ese automatismo sólo se vio interrumpido cuando, en la tarde del jueves, fueron a visitar a Nicola a su casa.

La madre de Nico les recibió con una sonrisa agridulce y el gesto cansado. Al final de un pasillo sin iluminar estaba la puerta entreabierta de la habitación del enfermo. Tímidamente fueron rodeando poco a poco la cama. Nadie era capaz de romper el silencio que provocaba la castigada figura de Nicola. Su cara, difuminada con matices entre morados y amarillos, tenía más costuras que unas bragas de encaje. El resto del cuerpo estaba cubierto, dejando sólo sus brazos -uno de ellos escayolado- y parte del pecho al descubierto.

– ¿Qué pasa, gentuza? – preguntó aquel que no se impresionaba de sí mismo.

Nadie contestó, hasta que el silencio hizo gracia a Nicola, que rió de una manera extraña, limitado por sus heridas.

– Si no fuera por lo del brazo, diría que has mejorado – dijo Guido guiñando un ojo.

– Calla, manguán, que a ti te escayolan un brazo y te quitan la mitad de tu vida sexual.

Ya estaban otra vez Guido y Nicola, riéndose hasta del miedo. Los demás les acompañaron en su risa, y la neblina de pena inicial se esfumó por completo.

– La verdad es que no me acuerdo de nada, llevaba un ciego de impresión, pero por las hostias que tengo, igual eran 6 ó 7 mil. A la mañana siguiente no entendía muy bien por qué me dolía todo. Encima mi madre vino llorando a pedirme una explicación. ¡Qué escena!

Dino miró de soslayo a Luca, como empujándole a hablar, a contar la verdad. Luca por su parte miraba con cara triste los infantiles dibujos de las sábanas de Nico, intentando no cruzarse con ninguna mirada.

La visita animó a Nicola, que trató de bromear sobre su estado, de quitarle importancia. Estuvieron un buen rato charlando sobre las vidas de otros, medida muy relajante, hasta que llegó la noche y con ella las despedidas.

– Escríbeme desde el astillero, chaval. Gana mucha pasta, pilla mucho y ándate con cuidado de dónde meas.

– Para cuando me leas, espero que te hayas agarrado un ciego a mi salud. Cuídame a esta banda de locos y mejórate, ¿vale? – se despidió Enzo, con un contenido abrazo, temiendo hacer daño a su pobre amigo.

El domingo siguiente saldría su tren hacia Koper, un puerto en la diminuta costa eslovena, bañada por el Adriático. La mañana de ese preciso día ya tenía todo dispuesto para su partida. Al menos en lo que concierne a elementos tangibles. No podía pretender tener sus emociones tan controladas como el número de calzoncillos que iba a llevar.

Con la excusa de devolver una cinta de música que Andrea le prestó, se plantó en la puerta de su casa. La situación podría haber sido más embarazosa si otra persona hubiese abierto la puerta, pero allí estaba ella. Apoyada al marco de la puerta, vestida con ropa de andar por casa.

– Hola, venía a devolverte esto, que ya me voy – comenzó asustadizo.

– ¿Al fin te vas? … – Andrea no se atrevió a decir más, el tono de su voz expresó la tristeza que intentaba disimular.

– Tengo que aprovechar esta oportunidad, no quiero estar en este barrio toda mi vida.

– Ya… – Andrea salió al descansillo, entrecerrando la puerta de su casa – ¿Te acordaras de nosotros?

– De algunas más que de otros – dijo Enzo, a la vez que se acercaba para besar cariñosamente la mejilla de Andrea.

– Escríbeme.

Enzo asintió con la cabeza. Aún no se había marchado y ya debía dos cartas, mal asunto, aunque eso significaba que le extrañarían.

Bajó las escaleras lentamente, recreándose en el ruido que producían, recordando lo bien que olía Andrea.

Sus padres se despidieron fríamente de él, no estaban del todo de acuerdo con su decisión. Enzo esperaba que fuese un enfado pasajero. Dino le acompañó a la estación después de comer, con el Sol reventando termómetros.

– Llámame cuando necesites algo, y en un rato me tienes ahí – dijo Dino estrechando la mano de su hermano.

– Tranquilo, sabré arreglármelas. Ayúdale a la vieja, que últimamente no la veo muy entera, ¿vale?

– Sí. Bueno, cuídate y que te vaya bien.

– Gracias, hasta pronto.

El tren arrancó cinco minutos después de la hora prevista, acelerando poco a poco. El lento traqueteo y la imagen de las afueras de la ciudad en una pausada huida, despertaron las ganas de pensar en Enzo, y con ellas la nostalgia. Mientras mantenía los ojos fijos en el paisaje en movimiento que se le mostraba, repasó todos los buenos y malos momentos que dejaba atrás. Una vez más una ventana hacía de diván para Enzo.

2 pensamientos en “Zumo de tierra

  1. nube azul

    Aupa! hace muchisisisisisimo por lo menos 5 años que encontre esta historia titulada "zumo de tierra". No se ni como, no recuerdo como llegue a esta pagina, bueno antes creo que tenia otro diseño.
    si bien tengo que reconocer que nunca he terminado de leer la historia, hoy he vuelto a buscar la pagina con el fin de encontrdarla terminada. Ya he leido arriba del todo que no la has acabado. y bien a que esperas???
    si la empezaste algun dia, aunque hace ya mucho deberias terminarla. seguro que fue por algo, asique animate y no la dejes a medias. Exprime a la imaginacion y ponte manos a la obra, siempre hay un porque. " Zumo de ideas"

    bueno un saludo. y animate

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  2. Hodei Urdin

    Egun on! Ayer por fin termine de leer zumo de tierra. y aunque digas que no has llegado al punto clave yo creo que si, porque has contado el comienzo de una historia que puede tomar distintos caminos asique… como bien te decia antes, terminala porfiss! jejeje 😛
    Una pregunta, porque esta ambientada en …italia? a mi mas bien me parece cualquier finde por aki, y eso de los barcos … alguna fabrica en la margen izkierda de la ria, jeje.
    Me gusta como enfocas las cosas y como has usado frases miticas de ahora literalemente hablando como: "la movida era…", "lo de las fichas…" y mas. Ademas de como enfocas situaciones cotidianas.
    Eso es todo.
    Gero arte

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